El buen actor Giovanni Ciccia con pena, desilusión y mucha incredulidad, se preguntaba consternado: ¿Cómo la amante de un cómico puede liderar el rating? Y, luego, se respondía: 'Eso sólo pasa en nuestro país'. Ahí se equivoca, no sólo ocurre en el Perú, sino también en Estados Unidos. Uno no comprende cómo los escatológicos programas repetidos de Laura Bozzo siguen liderando el rating. Lo lógico, lo racional, debería ser que un espacio bien hecho, con buenos actores y libretos, derrote a uno donde se bucea por los chismes y hurga en las sábanas de 'Chollywood'. El buen Giovanni tendría que recordar que otras miniseries de su canal tumbaron y humillaron a Magaly, como la historia de Dina Páucar o 'Chacalón'. Tal vez, tuvo razón Michelle Alexander cuando con su olfato intuyó que 'Mi problema con las mujeres' la veía demasiado 'elitista'. No es que sea elitista, lo que pasa es que hasta en los sectores altos les encanta el chisme, si no vean el explosivo rating que tiene la 'urraca' en los sectores A y B. Porque la verdadera elite de este país no ve ningún programa nacional, sino el cable, y le falta tiempo. En los tiempos 'gloriosos' de la televisión, no había empresas que midieran el rating. Porque no era necesario, todos sabían que los sábados a las 4 de la tarde en el 5, Augusto Ferrando era el rey. Las primitivas empresas que medían la sintonía para las agencias de publicidad llegaban con encuestadores que tocaban las puertas y preguntaban qué canal estaban viendo. No había muchas opciones: el 4, 5 y 7. Y en la mayoría de los hogares había un solo aparato. Hablamos de la TV en blanco y negro, en la época de los gigantescos televisores 'Andrea' de 24 pulgadas. No entraban en un cuarto chico. No era difícil saber quiénes eran los reyes del rating: Pablo de Madalengoitia pulverizaba la teleaudiencia con 'Lo que vale el saber', espacio de preguntas y respuestas. Igualmente la rompía 'El Tornillo'. 'Tulio en América' también fue el rey en su tiempo y ganaba tanto dinero, que nunca controló los gastos de su esposa Mirna. El 7, la 'Cenicienta de los canales', también tuvo un programa que batía en rating: 'Estrafalario', un gran espacio cómico a finales de los 70 con Guillermo Rossini, el 'Ronco' Gámez, Teddy Guzmán, el gran 'Achicoria', 'El loco' Ureta, 'Cayo' Pinto, el 'Cholo' Palomeque y 'Largo', esta pléyade de comediantes, dirigidos por el desaparecido Felipe Sanguinetti. Este era un espacio de lujo, la antítesis a ese esperpento llamado 'Recargados de risa'. Magaly, en lo suyo, haciendo trizas el matrimonio de 'Carlota' Vílchez, el principal perjudicado, porque contra él no sólo arremetieron Milagros Pedreschi y su chicherito, sino también su propia mujer. Y para darle más morbosidad al asunto, apareció el papá del hijo de la vedette. Tremendo culebrón, definitivamente dejó chiquito a 'Mi problema con las mujeres', causando la histeria del bueno de Giovanni Ciccia. Pero la competencia a la 'Urraca' no sólo fue una producción decente y con buenos actores. 'Papaúpa' ya se cansó de que la periodista se apodere de tantos auspiciadores, se malogre la garganta comiendo helados en otoño y tome 'Supradyn' mismo Augusto Ferrando. Ahora piensa bombardearla con el programa '¡Qué país!' con Beto Ortiz. Por ello, transformó a la charapita Claudia Portocarrero para dulcificar la imagen del controvertido periodista. Un Beto domesticado y dándole demasiado protagonismo a los reporteros -el que le hicieron a 'Mayumama' fue francamente patético- hizo que su primer programa no levantara pasiones. Pero el periodista y Martiza Espinoza, quien conoce su cuento, en 'La hora de la verdad' lograron 10 puntitos cuando intentaron 'acribillar' al 'Chato' Barraza, en el mismo horario que la Medina. Sin embargo, con dos parlanchinas, como Mariella Patriau y Mónica Chang, lo que podía ser un buen contrapunto entre dos panelistas inteligentes y con background, se convirtió en un diálogo de sordos, con lo que el invitado, de víctima pasó a verdugo. Porque, al final, el 'Chato' les dijo 'seudoimitadoras de Magaly'. Muchos dicen que 'todo tiempo pasado fue mejor'. En las mañanas 'QTM' avinagra el desayuno. Salvó las hilarantes imitaciones de Hernán Vidaurre, enervan los enfrentamientos verbales que promueve una Mónica Cabrejos, quien con entusiasmo ejecuta a la perfección su papel que parece encargarle el productor: defender lo indefendible, por más absurda y ridícula que pueda ser la posición a enarbolar. Ante tanto disparate, cualquiera que se les enfrente queda como un César Hildebrandt, hasta Ricardo Rondón. Ni qué decir en el segmento siguiente: 'Qué rollo'. Si la Cabrejos es Susy Díaz, Paula Marijuán es su hija Florcita, peor y más hueca. Además, el televidente siente que la argentina no es la más indicada para 'dar lecciones' en temas que le salpican en la cara, como 'rupturas matrimoniales', 'la otra', 'matrimonios por interés' y otros temas tan profundos, en los que se especializa ese sketch, perdón, segmento mañanero. Felizmente, la entrañable 'Pantera Rosa' es líder indiscutible del rating en ese horario.
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